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01
El primer cuarto tratado
Antes de tener clientes teníamos un problema: la sala rebotaba. Compramos lana mineral, cortamos paneles a mano y aprendimos a medir tiempos de reverberación con lo que había. Ese año grabamos nuestros primeros efectos de ambiente para un cortometraje independiente y entendimos que el Foley no se resuelve con bibliotecas descargadas: se resuelve con superficies, peso y paciencia.
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02
Pasar de estudio propio a estudio de otros
Cuando empezamos a trabajar para salas de teatro comercial, dejamos de pensar solo en nuestro cuarto. Cada recinto tiene su acústica, su ruido estructural y su forma de devolver el sonido. Aprendimos a llevar equipos portátiles, a grabar en horarios muertos y a adaptar mezclas por función. Ahí nació la costumbre de probar todo con público antes de dar una escena por cerrada.
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03
Abrir el catálogo y documentarlo
Con los años el archivo creció: capas de lluvia, pasos sobre distintos pisos, puertas, teléfonos, motores. Documentar cada grabación dejó de ser una manía y se volvió método. Empezamos a publicar notas técnicas sobre equipamiento de audio comercial y tratamiento acústico porque nos cansamos de repetir lo mismo en cada reunión con estudios privados.
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04
La revista como extensión del trabajo
La parte editorial del proyecto no es marketing. Es el mismo criterio que aplicamos en postproducción B2B: escribir claro, mostrar el proceso, no vender humo. Publicamos comparativas de consolas, notas sobre monitoreo y ensayos sobre diseño sonoro para cine y teatro. Si algo no lo probamos en sala, no lo publicamos.
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05
Dónde estamos hoy
Seguimos en Mendoza, con base en Carril Rodríguez Peña, y trabajamos con estudios de Buenos Aires y otras ciudades. El equipo es chico a propósito. Preferimos pocas producciones por temporada y mantener el control sobre cada mezcla antes que escalar y perder el detalle. Esa sigue siendo la regla que ordena todo lo demás.